160km de peregrinaje en el norte de Francia o cómo supe lo que realmente significaba dormir a la intemperie

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A veces, desde afuera, nuestros ojos engrandecen cosas que, hacia adentro, han sido mínimas. Como este verano, en que recorrimos a pie 160 kilómetros del norte francés.

Pero es tan maravilloso descubrir cosas que sucedieron, que parecían ser tan importantes antes de convertirse en materia y experiencia y que luego, por arte del tiempo, desaparecen de la memoria.

En verano hicimos un peregrinaje de 15 días con adolescentes italianos. Antes de comenzar a caminar, pensé: “¡Voy a escribir tanto sobre este viaje!” y luego de tres meses lo único que encontré en mi Ipod fueron unas tímidas notas de las que sinceramente no recuerdo nada.

Fue una verdadera aventura interior.

Porque antes de comenzar a caminar pensé que no iba a poder, e imaginaba cada una de esas situaciones en las que no podría.

Porque sentía temor profundo a relacionarme con adolescentes debido a una adolescencia tímida y reservada y no sabía con qué recursos contaría al convivir con ellos.

Porque tiritaba de temor a sufrir dolor en mis piernas.

Poque sentía el miedo en la carne a no poder lograrlo.

Porque en mi mente se repetían una y otra vez estas imágenes de desesperanza en donde caía rendida en medio de una viña con el grito rapaz en mi boca de: “no-puedo-más, necesito-que-me-apapachen”.

Porque no encontraba (como siempre) zapatos adecuados para mi aventura. Y porque me dolía la pobreza de no poder comprarme zapatos nuevos.

En Francia tuve que aprender a amar lo que estaba siendo.
Tenía que situarme en el instante para que todo fuera más fácil y más suave.
Porque cuando viajo al futuro me olvido de lo valiente que soy, y de toda la ayuda que tengo a cada momento para que todo salga perfectamente bien.

Durante todos esos días hubieron claros ejemplos de cómo puedo ser totalmente autodestructiva y de cómo adentro mío, en el mismo espacio de la destrucción, está la salvación: la salvación como un derecho de nacimiento; la paz, la risa, la simpleza que a cada uno de nosotros pertenece.

Cada noche, antes de ir a dormir, cansada y después de caminar a veces 40km, de pasar frío, de sentir dolor en los pies, de caminar con adolescentes desconocidos y raros y complejos, mi mente me decía muy alegremente que no iba a poder descansar bien.

Esa pequeña parte de mi mente me decía que si no descansaba bien todo iría de mal en peor.

Esa diminuta parte de mi mente me gritaba que o dormía o mi cuerpo no se recuperaría para los 40km que debía caminar al día siguiente.

Esa increíblemente ruidosa y desprolija parte de mi mente me decía a cada segundo que con 80 personas durmiendo en el mismo lugar jamás lograría conciliar el sueño, pero que de todas maneras DEBÍA dormir…

A eso lo llamo tortura.

Y a la tortura le respondí con amor cada una de las noches, y le pregunté si era cierto que no iba a poder dormir.
Si era verdad que no podría dormir.
Si era absolutamente cierto que necesitaba dormir.

En mis preguntas (y no en mi autoritarismo hacia el sueño ni en mi tortura de escuchar esa voz) me quedaba dormida.

Y cuando a las 6 de la mañana todos estaban despiertos y agitados por la ansiedad de un nuevo día y un nuevo mapa y una nueva parte del camino a nuestra espera, yo dormía.

Magalí, Profundamente Dormida, con luces de reflectores de gimnasio en su cara, con gritos de adolescentes raros y complejos, con la mirada de E a lo lejos que auscultaba la habitación para ver si Magalí había despertado…

Completamente dormida.

¿En qué trampa hemos caido, amor, que creemos toda esta violencia?

Peregrinación.

Entrega absoluta al camino.

Meditación en movimiento.

Kilómetros de dolor bajo mis pies.

Kilómetros de reconocimiento, inspiración y silencio.

Cantarle un mantra a mis niñas para que su dolor no sea tan fuerte.

Hacer un juego de palabras en italiano para sentirlas cerca, para hacerme cargo de sus pies.

Reirnos del dolor, de la inmensidad de nuestras ampollas, de los animales de océano que allí podrían haber habitado.

Autoconocimiento.

Realización de la tortura y desaparición del propio autoritarismo (“TIENES QUE DORMIR”) bajo la luz de la pregunta comprensiva.

¿Sabes qué hago con todas estas palabras en mi cabeza?

Armo y desarmo.

Y configuro una peregrinación de la consciencia, de la cual quedan solo algunas simples y absurdas notas:

“Primer día. Caos total. Nos perdimos. N y G. Leer un mapa. Malinterpretarlo (como siempre en mi vida hasta ahora). Tomo decisiones en la noche. Cae el sol sobre el aeródromo. Gritos de G. Enojo por la noche. Charla con K en la cama. La quiero. 38km.

Segundo día. Descanso. Café demasiado grande. G y E. Siento el cansancio de ayer, me voy al bosque a caminar sola. Este día fue la risa porque nos hemos tropezado muchísimo.

Tercer día. Encontrar el orden y la música en cada una de las cosas. Pedir a Dios la pregunta correcta. Una clave: escuchar hip hop. Me peleo con F. Sólo quiero que sepa que yo debo tener el control. Pido consejo a G porque realmente no sé cómo tratar a F. Una ruta de mierda con muchos automóviles de mierda andando demasiado rápido demasiado cerca nuestro. Dormimos todos juntos. Duermo bien. Me baño primera. Soy egoísta.

Cuarto día. 28km. Lloro por la noche. Todos nos hemos perdido. Me baño en un río y luego encuentro un cartel que dice que está prohíbido bañarse. Pienso que el agua es radiactiva. Que moriré. Que soy una inconsciente. La hora de silencio. Este día fue el ritmo, el orden de caminar antes o después, más rápido o más lento. El ritmo apropiado me energiza. Almuerzo en casa de familia. Siento que no voy a llegar. Tengo pensamientos extraños, me siento fuera de control, estoy muy cansada.

Cuarto día. No hay ninguna nota.

Quinto día. Meditación de la muerte. No camino. Duermo en silencio. Ayudo a otros chicos a organizar las camas dentro del colegio y todos pueden descansar al fin. K llora porque le duele su pierna. Comemos afuera. Fue el día del chicken on toast. Reímos muchísimo y vi la luna.

Sexto día. Despertamos a las 9 y comemos pain au chocolat. Sale el sol. Canto mantras y camino recto. Creo que no llegaré pero S y yo nos tomamos de la mano y sobre la noche y con lluvia llegamos a destino. Hotel con E, sábanas y toallas blancas.

Séptimo día. Llueve. Cerca del mar. Los chicos no quieren hablar y me siento incómoda. Calle del encuentro. Olvido mi bastón y me lo trae D, siempre con una sonrisa en la cara y las mismas zapatillas que yo. Ducha temprano. Cena tardísima. Meditación.

Octavo día: maíz silencioso al costado del camino. El Maizal despierta a las siete de la mañana. Llegamos finalmente a Mont Saint Michel con marea baja”.

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