Cuando era chiquita tenía un libro dibujado que contaba la historia de cómo una ballena se comía a un hombre y todas las cosas que este hombre pensaba mientras estaba adentro de la enorme ballena, hasta que de repente era despedido y formaba parte de un universo único: los chorros de agua, los cantos, la época en donde las ballenas bailan rodeadas de mar. No recuerdo El Bicho y Magabien el nombre del hombre, tampoco el final de la historia: sólo recuerdo los pasos que dio ese hombre adentro del animal, y el vacío, y los ecos.

Esta palabra me trae recuerdos. ¿Ya les dije que hoy cumple años mi papá? Es raro decirle papá, porque para todos él es “bicho”. Los nombres no vienen de la nada. Así que éramos una maga y un bicho: yo me agarraba de sus pulgares enormes y él me hacía saltar por el aire. Habíamos mejorado tanto nuestra técnica que yo lograba tocar y olisquear las nubes. Y después jugábamos al básquet con un aro que él había puesto para mi hermano y para mí: jugábamos a tirar la pelota de cerca, de lejos y sin mirar.

Los nombres no aparecen de la nada, eso está claro. Y éste bicho, por supuesto estaba siempre rodeado de animales y de plantas: mi papá dormía en carpa muchas veces (aun teniendo casa), se iba a la montaña semanas enteras a disfrutar la soledad y el silencio y los árboles y los lagos. Cuando íbamos juntos a la montaña él caminaba rápido y las mujeres caminábamos despacito. Tiene piernas fuertes y ojos claros y vibrantes.

Yo tengo un papá llamado bicho que sale a ver pájaros, y a escuchar pájaros, y a encontrar pájaros. Y luego se sentaba sobre un tronco mirando hacia la montaña con los prismáticos, y de repente decía que allá en lo lejos había visto un huemul, un algo. Siempre veía cosas interesantes, encontraba helechos perdidos, verdes ocurrentes. Una vez me enseñó algo: íbamos caminando de noche por un senderito muy oscuro y yo no veía nada y sentía que flotaba. Entonces me dijo que prestara atención a mis oídos: si sentía el sonido de hojas partidas debajo de mis pies, eso significaba que no estaba caminando por el senderito correcto. A partir de ese día mis oídos comenzaron a percibir cosas nuevas.

Hoy mi papá cumple años: es el segundo cumple en que estamos lejos. ¿Importan los cumpleaños? No sé si importan, pero en los cumpleaños yo me lleno de recuerdos bonitos. Porque él siempre quería llegar a los lugares recónditos, a los lugares despoblados, en busca del agua más celeste y más clarita así que así nos llevaba de viaje muy al norte y muy al sur. Nos enseñó a armar mochilas, a prender fuego, a juntar leña, a preparar dulces, a limpiar la huerta de yuyitos.

Es un hombre especial, de eso no hay dudas: porque quién se iría a vivir a la Patagonia cuando los caminos eran de tierra y eternos, él. Y quién pasaría meses de invierno en soledad junto a la nieve, él. Y quién decidiría criar hijos en un parque nacional, él. No podría haber sido otro. No podría haber sido con otro padre el olor de los chapatis y la avena por la mañana, la llamarada de un poquito de fuego creciendo o la lechuga veloz junto a las babosas de la quinta. No podría haber sido con otro ver los juegos olímpicos, agarrar los pulgares, escuchar los sonidos.

En mi casa no había sillones: en mi casa había bolsas de dormir, carpas, ollas de carbón, zapatos de montaña, aventuras. En mi casa las conversaciones siempre incluían los cumulo nimbos, los cipreses, el caudal de los ríos. A mi casa llegaban pidiendo ayuda: que la paloma, que el carancho, que el águila, que las alas. Y de mi casa los animales salían volando. En mi casa no había sillones: pero había guitarras y su voz cantando, y sus dedos en la masa del pan integral, y el dulce de membrillo.

De más grande las cosas cambiaron: sucedieron cosas y con el bicho (me di cuenta de que ni siquiera es “bicho”: mi papá es “el bicho”) nos volvimos más cercanos. Hablamos de cosas que no se hablan entre padres e hijos. Nos dimos consejos de amor. Nos cuidamos. Nos despedimos muchas veces. En mi primera despedida lloré mucho: vi la figura de mi papá lejos y el colectivo que avanzaba y me di cuenta que comenzaba para mi una vida que anhelaba. Sin embargo nuestro último tiempo juntos había sido genial, entonces una partecita mía lo extrañaba muchísimo. Desde ese momento no pasamos más cumpleaños juntos, así que existieron los regalos a distancia, las llamadas por teléfono, las cartas.

Volví muchas veces a su casa, aprendí a vivir en una casilla rodante durante un verano entero, me regaló el silencio necesario para desprenderme de las cosas innecesarias, me mostró que se puede vivir simple. Después se enamoró y le volvieron a brillar los ojos. Después se desenamoró y me lo contó. Después nos abrazamos y nos dimos cuenta de que siempre fuimos muy parecidos en algunas cosas, comimos galletitas con queso, preparamos pizzas integrales, nos reímos del agujero que le dejé al auto después de querer hacer marcha atrás por primera vez, agradecí que para ese momento hubiera comenzado a incursionar en la meditación y leyera a Osho.

Abierto y declarado anti espiritual (“yo soy materialista, no creo en esas cosas”) sabe cómo encontrar lugares de paz blanca y esas cosas. Sabe el momento de las palabras. Sabe la búsqueda, el camino que no se pierde nunca.

Montañista, zapatero, ciclista, pintor, cantante, escritor, soñador, carpintero, cocinero, agricultor, perfecto conocedor del lugar en donde los árboles se deben podar, pajarólogo, nadador, dormilón, excelente contador de historias de misterio, matemático, arquitecto, mecánico, viajero incansable.

Tengo el recuerdo del libro y la ballena, de ese hombre mapuche que camina en la estepa y se mete en el cuerpo de los animales. Tengo el recuerdo de nuestro viaje en auto azul al borde del mar. Tengo el recuerdo de una carpa en el lugar preciso. Y el recuerdo del canto de las ballenas a mi alrededor, y el sonido del agua a mi alrededor, y el sonido de la noche de estrellas mi alrededor. Tengo el recuerdo de una infancia audaz, de un lugar audaz, de un padre audaz.

¿Caminaremos más montañas? Seguramente sí. ¿Nadaremos mucho más? Por supuesto. ¿Vamos a cantar juntos? ¡Claro! ¿Seguiré chocando autos y te reirás como aquella vez? Claro, no hay opción. ¿Comeremos arroz integral con cebolla? Seguramente. ¿Festejaremos muchos más cumpleaños? No hay duda: lejos, cerca, chiquitos, enormes, voladores, terrestres, juntos, separados, de la forma en que decidamos ser, te seguiré diciendo feliz cumpleaños con mis letras.

¡Te quiero!

Maga.-

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