La noche más larga del año

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Este blog debería llamarse “Maga y la búsqueda de la felicidad“, o algo así (me da risa de sólo pensar lo ridículo que suena). Los viajes comenzaron a ser una excusa para hablar de otras cosas, y mi blog ese diario en el cual registro cosas que siento y qué me pasan. Extrañamente no tengo verguenza de que me lean, de que lean mis instrospecciones, mis preguntas, los caminitos que voy recorriendo en este mapa interno. No sé bien cuál es la razón por la cual exponer todo lo que me va pasando, lo que voy sintiendo. Quizás sé que en el fondo hay otros que están parados en la misma estación: esperando el bus que nos lleve a la siguiente parada, tenga el nombre que decidamos ponerle. Y entonces entre todos no nos enlazamos, sino que vamos liberándonos. Y cada uno consigo mismo, por supuesto. ¿Autoayuda? No, ficción. Sí, poesía.

Allá a lo lejos, hay una bandada de pájaros negros que mira hacia el pasado y tiene el poder de viajar en diagonal. Eso: eso es importante.

No paramos de contarnos historias sobre nosotros mismos: son historias, por ahora, que van en tobogán, a veces están en lo alto, a veces en lo bajo. Me sorprenden ciertos ritmos: cuando yo estoy gateando hay otros que gatean conmigo, y cuando yo estoy volando hay muchos volando. Somos como guaridas, como animales sintiéndonos afines y viajando juntos.

Pero yo, ahora, ahora necesito viajar sola.

No sé hasta qué punto se puede sostener un blog si lo que se viene es mucho silencio (¿o mucha música?). Tal vez es sólo parte de lo mismo, porque voy a seguir sintiendo los dedos calientes al escribir, que asoman y desatan la lana de todos los pulloveres: ése es el signo de que es el momento, de que una hoja en blanco está preparada, de cuerpo abierto, toda para mí.

Vamos a por los viajes de adoquín y los viajes de lana de oveja y los viajes en jugo de naranja y los viajes en jugos de adentro.

Estoy necesitando estar sola y hoy sentí mi siguiente paso. No es fácil, pero debería serlo. Qué más da, si somos el viento. Si somos ríos y nos movemos. ¿Por qué no aprendo el cambio? ¿Por qué le tengo tanto miedo, me hace temblar un dique? Y me río, yo, yo que sólo tengo una mochila, y no tengo cuadernito tan propio, y puedo escribir en cualquier teclado, y tengo jeans gastados y unas zapatillas que hablan kilómetros, pero nada más. Yo que hace un año y medio no paro de moverme. ¿Por qué los cambios? ¿Por qué siento que todavía no puedo disfrutar el soltarme una vez más?

Es hora de contar otras historias.

Quizás porque estoy conviviendo con varias Maga. Este mes, este mes… Este mes fue volver a una Maga: una muy chiquita y silenciosa, una fragilita y desperdigada. ¿Por qué volví a ella? ¿Es que disfruto ser ese personaje de manos blancas, poca sangre? ¿Qué aprendo de ella? Este mes… Estos días… Ayer por la noche me acosté preguntándome acerca de la felicidad, pero no quise atisbar la respuesta, sólo me lo pregunté de todas las maneras posibles, en todos los idiomas, hapiness, freedom (es una forma de felicidad), felicità, y en mapuche, y en guaraní.

Comenzó un año nuevo, celebramos la noche más larga del año. Para los países de invierno, es una verdadera celebración. A partir de ése día, cada noche será más corta hasta la plenitud del sol. ¿Entonces yo era un viaje de noche tan larga? ¿Entonces yo estaba viviendo las noches infinitamente largas? Quizás en esos días fui un planeta y por eso el año nuevo. Se celebró con una fogata en la punta de una montaña, con frío. No hubo fogatitas por doquier, hubo un solo fuego, el fuego en el que quemamos todos los mundos para volver a comenzar una vez más.

Entonces comprendí mi siguiente paso, del cual no voy a decir nada, pero ¿es posible? ¿que una canción me contara? ¿abrir los ojos tan rápido? ¿escribir un libro desde ahora? ¿y ese sonido, podés decirme de dónde viene? La noche, la noche tiene que ver con todo esto, porque:

Soy una entrega total, una entrega a la mitad de la vía láctea, una entrega total entre las patas del ñandú y la lanza.

Tengo un pullover grandote y caliente, unas calzas pequeñas y frías, mis medias violetas. Camino por la alfombra, escucho esos sonidos, muevo los pies. Miro el vidrio empañado, hago dibujos, escribo frases que se borran solitas porque todo adviene hacia la tierra, hasta mis frases. Descubrí lo blando de la alfombra, sentí la mesa más lejos, cambiar el sillón de lugar. Tuve mucho té cerca. No leí, no leí mucho, salvo una frase: “somos el viento”. Y de a poquito veo el mar, como ayer, que fuimos hasta el punto más alto de Auckand y me enseñaron los nombres de nuevos árboles y de los lagos que yo estaba viendo en ese momento. Mientras tanto, yo practicaba el pasado: “She told me, she asked, she wanted to know“.

No sentí hacer nada esta semana pasada: no busqué trabajo, no encontré trabajo, me lastimé el dedo porque una de las perras quiso morder a un nene que pasó corriendo por la vereda y yo hice mucha, mucha fuerza. No escuché música, no tuve mi computadora, no compartí besos, no disfruté de la lluvia, no caminé. Estuve dormitando, estuve como viviendo entre las sábanas, encontrando las razones para levantarme, conociendo las reglas que tengo ganas de inventar para este mundo que quiero vivir / estoy viviendo.

Ah, esas profundidades. Ah, esa pérdida. Porque son pérdidas. Entonces Marina baila y ahora no tiene fronteras, ella, ella misma, y sumerge los pies en la arena, al costado del mar. Entonces hay una Maga que también está bailando, que cierra los ojos, que conoce todos los misterios que viven en el medio de las estrellas. Así son los comienzos: son como conexiones, cosas que suceden al mismo momento, por ejemplo, la madera cruje al mismo instante que yo siento un escalofrío.

Nosotros creamos las estrellas, el sol que jamás muere, la tierra redondita, el pan caliente, el dolor, las despedidas, esta canción “our way to Bratislava“, el lenguaje, las manos, las señales, la rueda, los diamantes, el polvo, la arena, los pies. Y creamos los pies para sumergirlos en la arena y hacer pocitos en la noche más larga del año y calentarnos las piernas. Y creamos las señales para llegar a puerto seguro. Y creamos la rueda porque así nos movemos, porque una rueda es un espejo. Y creamos las despedidas porque son necesarias. Y el pan caliente, para nuestro cuerpo. Todo lo creamos para vivir miles de experiencias, desde sentir el dedo frío caminando por la ventana empañada, hasta mirar de lejos, hasta no lavar los platos o a veces sí.

¿Y yo? Y yo quiero estar consciente de todo. Quiero ser parte de cada movimiento. No quiero perderme nada. He dejado la palabra “intensidad” de lado, ahora sólo deseo “suavidad”. Ahora sólo quiero mimos. Porque los merezco, porque he viajado mucho, porque me he impuesto cosas, porque soy valiente cada día y arriesgada. Ahora mi vida puede ser suavecita, como una ola y en la tarde bailar. Como el rayito del sol de invierno que es pequeño, suavecito. Como pintarme las uñas (siempre mal) y saber que ahora tengo manos espaciales, con super poderes, pero manos chiquitas, con sabor a agua de arroz. Y después cocinar una torta de manzanas, y saber que adentro, adentro elegí mi próximo destino. Cuándo, cómo y por qué, ni siquiera tengo que pensarlo. Sé que todo sucederá. Sé que era necesario poner un nuevo pinchito de color en mi mapa interno: hasta acá llegué, por este camino no sigo. Imagino cosas, pero me traigo al presente.

Maga, estás acá
Maga, estás acá
Maga, estás acá

Eso es como un mantra. Y ya elegí la canción para mi nuevo viaje. Tengo viento a favor, lo sé, porque he sentido, por primera vez, qué es lo que todas las Magas sienten hacer, como si algo nos llamara, a todas. Porque allí bailaré conmigo misma tanto, y me miraré a los ojos como nunca antes. Mientras, Estoy acá, y esto no deja de ser mágico, profundo, vital. Como haber encontrado / una columna vertebral / de ríos y montañas / pero columna vertebral al fin.

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