Mi verano en Italia El misterio de estos pueblos medievales soy yo misma como observadora de mi propia lucha

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Pitigliano es un pueblo de piedra blanca que vive en lo alto de un acantilado y es sencillamente hermoso.

– “Agapanto”, le digo a Exe señalando un cantero que encontramos en una de las calles principales.
– “Come si chiamano?” Me dice una señora mirando la misma flor.
– “En italiano no lo sé, pero en español se llama agapanto” respondo.

Como una flor celeste elevada hacia el cielo.
Así percibimos Pitigliano ahora.

Hay agapantos en Pitigliano.
Agapantos en Castel del Piano.
Agapantos en Scansano.
Hay agapantos en casi todos los pueblos que hemos recorrido en Italia este verano.

Pueblos que en sí mismos son como una flor celeste que aparecen frente a un acantilado.

Debajo de Pitigliano hay un río precioso y oscuro, por ejemplo.

Caminamos siguiendo una senda antigua de piedras doradas.

Todos estos pueblos se erigen en lo alto: eso tienen en común además de las flores.

Podemos verlos desde todos lados y están allí, firmes y rugosos frente al tiempo que también nota sus cambios.

Transformaciones del significado.

Son sin embargo las flores de un tiempo antiguo y este aroma abandonado y algún que otro café colorido que ocupa toda la esquina y que nos reconforta con su brazo luego de subir y bajar en busca del misterio.

¿Que hay más allá del aire caliente que mueve la copa de los pinos?

El misterio de estos pueblos somos nosotros.

Y el misterio de estos mismos pueblos son ellos mismos.

Pueblo antiguo construido en la altura, frente al acantilado.

Pueblo osado, de piedra fulgurante.

Pueblo complejo de calles angostas.

Pueblo construido por, en y para la lucha.

Pasa el tiempo.

Pueblo antiguo construido en la altura frente al acantilado.

Esta vez yo estoy aquí: la pupila que todo lo absuelve.

Pueblo osado de piedra fulgurante.

Gianni me cuenta que hay casas de piedra de arena tallada, casas de piedra blanca dura del río, casas de piedra negra que no se puede tallar porque nacen del volcán.

Pueblo complejo de calles angostas y empinadas en las que practico mi respiración y subir corriendo y bajar corriendo y sentarme en las alturas a ver los pinos que se mueven con el viento como madera blanda de algodón.

Mediterráneo.

¿Qué hay más allá del aire caliente que habita nuestro corazón?

Pueblo construido por, en y para la lucha, observado ahora mismo por una mujer que viene de lejos, observadora al mismo tiempo de su propia lucha, de los contrincantes que la habitan, de sus maravillosas ideas.

Ahora soy yo en este pueblo.

Ahora descubro un agapanto y abro los dedos y envuelvo el agapanto celeste con mi propia mano.

Y pienso que este pueblo llamada Pitigliano fue creado en la lucha pero que ahora es signo de mi paz.

Y no sólo eso, porque sus calles naturalmente abandonadas y silenciosas me sugieren una belleza sin palabras.

Pitigliano para la lucha y la locura.

Pitigliano en mi paz y en mi belleza, ahora.

Veo en este pueblo mi misma transformación y la exploro (porque de eso se trata mi viaje).

Pueblo construido en las alturas para que sea díficil llegar a él, pueblo al que no es fácil amenazar, pueblo desde el cual se ve siempre todo el valle y altura que permite el control de todo lo que se acerca.

En este momento: pueblo de agapanto celeste, este acantilado como la forma que toma mi cambio, la altura como una posibilidad de paz -espesor en la mirada que todo lo abarca-: las montañas aledañas, el río de piedras marrones, la mariposa blanca posada sobre la hortensia, la hortensia del mismo color que el agapanto, abrazados nosotros dos acostados en las piedras.

“Hay misterio en todo esto”.

Está el misterio de una era violenta, sacudida y oscura.
El misterio de un pueblo que cambia.
El misterio de un pueblo que abandonamos porque justamente ahora ya no encontramos un motivo para seguir luchando.

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