Veo veo: ¡aromas color tierra!

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¿Les digo la verdad? Fue muy difícil encontrar “el tema” de este veo veo. No por los aromas en sí, sino porque parte de la propuesta era escribir sobre un aroma relacionado a un recuerdo de viaje (o ciudad, o espacio viajado), y esta semana me he replanteado cosas de fondo al respecto de viajar (¿por qué yo siempre replantéandome cosas? jajaja). Así que digamos que no estoy super amigada con esto de “soy viajera, escribo de viajes”. Toda esta semana pensé en cómo podría describir algo, de algún lugar, pero que hablara de lo pequeñito, no de un lugar común, no de algo grande, ya les dije, las cosas grandes me agotan.

Entonces hoy me desperté (después de una semana de gripe, dormir, sensaciones de cuevita al por mayor) luego de esa semana rara, con la sensación de que hoy es un día diferente. Y tuve ganas de hacer una torta, para festejar que después de muchos meses, tenemos horno. Soy un desastre para la preparación de tortas, los tiempos de horno, las medidas. Así que busqué algo relativamente fácil, y comencé despacito a preparar una tarta de zanahorias.

En el momento en que me puse a batir, a mover la masa y hacer circulitos, a agregar ingredientes que sentí que eran parte de mi torta (coco, pasas de uvas) pero que no estaban en la receta original, entonces, me dí cuenta: los aromas, justamente los aromas aparecen cuando no estamos “en lo grande”. Aparecen no cuando “soy una viajera y ahora estoy en Auckland”, sino cuando soy Maga, en pantuflas y pijamas, prendiendo el horno, dejando todo lleno de harina, charlando con Rami acerca de la vida y esas cosas. Mi sensación sobre qué escribir este día surgió cuando olvidé que estoy de viaje.

Y en ese momento, fue cuando me llené de recuerdos: recuerdos de pan, recuerdos de invierno, recuerdos de calor, recuerdos de cama, recuerdos de aroma a planta del sur, esas cosas, chiquitas. Que son tan pequeñas, a veces imperceptibles, que nos hacen viajar por sí mismas. Cierro mis ojos, y encuentro recuerdos, rituales que tienen que ver con sentir a partir de la nariz, un sentido que a veces desconocemos. Pude haber estado viajando o no, y el sentido del olfato actúa de una forma preciosa: sin fronteras, nos lleva y nos trae de la mano a lugares de nosotros que desconocíamos, no sabe de nombres de países ni de capitales, sí sabe de esquinitas especiales, de momentos del día. Pero mi sentido del olfato no sabe que está en Auckland, él, a este punto, simplemente está.

Y además, él actúa en un ámbito de mucha libertad: estás en Roma pero en una esquina te fuiste a tu casa de la infancia, y luego volviste a la laguna colorada, y a los mercados de Bolivia y al balcón al sol de tu última casa en Córdoba. El sentido del olfato es un sentido que no quiere cosas fijas, es el simple ejemplo de que tiempo y espacio, no existen.

Tarta de zanahorias

Mis aromas de hoy:

1. Todo lo que tiene que ver con el sur de Argentina (o mejor, con mi infancia en el sur de argentina) todavía no descubrí por qué, es para mí un nido, un recuerdo de cosas hermosas: en invierno mis papás hacían pan integral. Mezclaban los ingredientes naturalmente, yo jugaba, afuera, con las mosquetas (otro aroma, el aroma a musgo y el aroma a cielo descubierto también). La cocina económica estaba prendida desde siempre, el calorcito de la leña es un tesoro, algo tan chiquito y cotidiano como fundamental en el sur. Entro del patio, pongo las manos cerca de la cocina, todo huele a pan caliente. Mi mamá saca dos panes enormes y dorados y los envuelve en un repasador para que conserven la humedad. Yo huelo y huelo. Voy a la heladera, si encuentro manteca, o queso fresco, o dulce de membrillo, o lo que sea, no importa: la hora del pan calentito es la hora del pan calentito, es única, es parte de mi infancia, es algo bonito, imprescindible.

2. El pasto recién cortado. Y seguramente ya lo mencioné antes, pero es que, es que, el pasto recién cortadito es señal de cosas… De cosas que me gustan: un jardín habitable, flores (quizás), ¿huerta?, alguien que cuida su hogar. Tarde de sol, hago una pila de pasto abajo del radal luego de que mi hermano cortó la mayor parte del jardín, es la tarde, hay viento, mi casa de madera tiene ganas de cerrar las persianas, de dormir. Todo crepita. Salto por encima de la pila de pasto verde, salto, reboto, me estiro, encuentro latitud, longitud, asperezas pequeñas de semillas y ramitas. Salto, estoy sola quizás, corro, enrosco las piernas. Jugar, me gusta.

3. El aromita a salsa de tomate y queso fundido: ¿no les pasa algo cuando eso sucede? A mi se me abren los ojos, los oídos, las piernas, los sauces, todo, todo se abre con ese aroma fresquito a orégano y tomate. Lo descubrí en un lugar tropical: hacía mucho que no comíamos pasta, y comimos pasta. Y algo pasó: ah, qué sensualidad ese aromita y el vapor saliendo del plato, que sexualidad al descubierto dejar que el pan sea absorbido por gotas de salsa que sobran. Y miramos el mar, charlando bajito, o escuchando el mar tal vez, porque es de noche, está oscuro, entonces mis sentidos están aún más, más abiertos.

4. El mate. ¡Ah! Hace cuánto tiempo que no tomo mates. Y además, no cualquier mate. Peperina, tomillo, miel de las sierras. Se me vienen personas a la mente, momentos, sensaciones. No tanto del mate como el momento de preparar el mate: y que esté dulce y calentito, momento de espumita refrescante, cuando mirás a los ojos a una persona y el mate es conexión, pero no distancia. Y siento el sonido de quien sirve el mate, o la pava hervir, o la sensación de que algo está justo en el momento y el espacio para ser saboreado, olfateado, vivido al máximo. (Nota mental: ¿existen esas hierbas en algún otro lugar del mundo que no sea Córdoba? Qué pregunta tonta la mía, seguro que existen Maga, pero para mí, esa conjunción, ese despliegue, es típico de una mañanita serrana).

5. Mi torta de zanahorias. Porque no sólo quería que haya recuerdos, el sentido del olfato tiene eso: desconoce fronteras, desconoce límites, desconoce recuerdos. Simplemente te lleva, te abre espacios. Mi tarta de zanahorias es presente, totalmente presente. “Aromas que apuntan al centro de la soledad”, acabo de escuchar en una canción casual. ¿Y no es cierto eso? Porque los aromas son tan personales, tan de ahora, tan del todo. Que mi torta de zanahorias siempre tendrá un aroma diferente, una nostalgia diferente, un color diferente para mi cuerpo, la sensación en mis manos, la boca fundida. Quizás algunas vez, gracias a este aroma intenso que siento ahora, en alguna ciudad cerquita o lejos, chiquita o grande, con nombre o sin nombre, me encuentre recordando el sonido del horno, la textura de la verdura, las nubes grises de este momento único en que acabo de terminar de escribir mi primer veo veo. Magia pura de estar vivos.

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*¿Qué es Veo Veo? Es, ante todo, un juego, una excusa para conocer lugares de la mano de otros viajeros, contarnos historias, viajar aunque no tengamos la oportunidad de hacerlo, encontrarnos. Se realiza una vez al mes y las temáticas se eligen en el grupo Veo veo en Facebook, y por medio del hashtag #VeoVeo en Twitter y otras redes sociales. ¿Querés jugar? ¡Veo veo! ¿Qué ves?

* ¿Querés leer más? ¡Tenés un montón de veo veos para leer! Fueron todos hermosos: Me fui a la goma, Mi carnívoro y yo, Cruzar la puerta, Por las rutas del mundo, Outteresting, La mochila de mamá, Aldana Chiodi, Marcando el polo, La Zapatilla, Un mundo pequeño, Nscap, Hey hey world, Notas desde algún lugar, El blog del turista, De Bariloche al mundo, Huellas en mí, Mi vida en una mochila, La otra ciudad, Don’t stop travelling

¡Lee mi libro de viajes!