Veo veo a Cortázar

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Yo creo que inventamos un océano para encontrarnos. Yo creo que incluso inventamos la distancia, los viajes, la cartografía, los barcos a vela. Inventamos estar lejos porque acercarnos en marzo, en abril, en mayo: sabía a primavera europea. Y acercarnos en junio, julio y agosto: el calor del verano y los pies de arena. Yo creo que inventamos el brillo de los ojos, para recordarnos cosas, y la risa, y la vergüenza y los cuerpos.

Los cuerpos: que son lejos. Los cuerpos: sienten. Creamos los sonidos anexos, los aromas de una buenos aires que huele a muñecas de la infancia, a casa de abuela, y los graffitis de colores, porque tomarnos fotografías con los ojos cerrados. Y no hicimos pactos: no hubo fechas y todavía no existen los calendarios. Porque a algunas cosas le dimos existencia, a otras las soñamos, a otras las matamos.

Era necesario destruir el paso del tiempo. Era necesario un año, un año entero de ir y venir, de Tonga y Nueva Zelanda, de Malasia y Australia y Tailandia y la meditación y España, Francia, Bulgaria, Turquía, Argentina, y el salvajismo de caminar las veredas de la mano. Hasta los besos por internet, eso también nos pertenece, o perder el tiempo mirándonos invisibles, de aplastar el mundo por los lados como a un vasito de plástico y de repente estar ahí, desparramados al sol mirándonos a los ojos. Como si nos conociéramos. Porque además eso: como si nos conociéramos.

Extracto de un diario de viaje que sabe a vos.

Cosas que deberíamos hacer juntos. Vos me dijiste: primero veámonos, después podemos reír, después nos podemos querer, pero querer querer. Y yo digo que hagamos todo lo contrario. Que primero nos amemos doble, después riamos y después nos encontremos.

“Nacimos digitales, excedidos en amor; sin darnos cuenta que esto ya existía. Lo único que hicimos fue hacerlo nuestro. Hacernos uno”. Esto fue un secreto de amor que no guardaste. ¿Te acordás? Cuando siento miedo y estoy adentro de una casa sigo un instinto de pájaro y abro todas las puertas y todas las ventanas, y sin linterna me voy al patio a mezclarme con la oscuridad y las luciérnagas. Es ahí cuando pierdo el temor, cuando piso fuerte la tierra y sé que todos los rumores no son más que un canto visceral del universo que nos llama.

Este encuentro: ¿qué? Estoy abriéndome, ventilando los pasillos, estoy abriendo la puerta, las puertas, estoy viviendo en la galería junto a las plantas y fundiéndome con el sol de primavera y estoy volviéndome primitiva. Y no sólo este encuentro, porque cada encuentro, cada M, cada N, cada S que abracé me acerca más a vos. Me lleva al sur. Es un pasaje a lo desconocido. Es un pasaje cotidiano. Es un viaje dentro de un viaje.

Entonces los dos descubrimos que nos gustaban los aviones, y cada uno actuaba de formas diferentes: vos tuviste que descubrir las plazas de Buenos Aires, yo te dije que en esta ciudad soy turista y que camino con vos, aunque no lo sepas. Y camino despacio debajo de los puentes, y duermo en cama compartida, y lavo mi ropa, y compro fruta mientras le digo al verdulero con una sonrisa: ¿estas peras, vos que pensás? Y enfatizo el vos, porque ya no soy argentina pero me siento renacida en este lugar.

Escribir tu nombre en un papel y esperar los secretos. Plantar el papelito. Esperar la época de floración. Ese pedacito de corazón que fue preparado especialmente. ¿O estuvo oscuro? ¿Fue un viaje que no hicimos? Pero estamos acá. Estamos a dos mil kilómetros. Estamos ansiosos, temblamos. O yo tiemblo, tiemblo por la temperatura de las parques y tiemblo porque todo está sucediendo tan lleno de amor. ¿Es la primavera? ¿Llegué en el momento adecuado? ¿Sos vos? ¿Soy yo? ¿Somos?

Y después, sólo después, sentiremos placer de darle trozos de chocolate a los perros aunque sepamos que está mal, y una vez reconocidos sabremos que todo lo importante de esto habrá sido desterrar la bufandas como un acto de libertad al clima, como una montaña de sensaciones de colores, como morirnos de vergüenza porque sí y porque no y porque las nuevas direcciones siempre nos van a cambiar.

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