Veo veo: montañas

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Va una lista, porque escribir me está costando no mucho, MUCHO, así que es un desparramo de ideas sin sentido (como todas las ideas que tengo últimamente en realidad).

1. No estar inspirada y escribir de todas formas. ¿Sobre qué? Crecí entre montañas, pero la infancia no me inspira (cuando vuelvo a leer esta nota 1, me doy cuenta de lo contradictoria que estoy: “la infancia no me inspira”, y de lo único que termino hablando es sobre ella… Días totalmente raros estos). ¿Y en este viaje? En este viaje viví solamente en una montaña, en Sierra Nevada, España. Y sin embargo esa casa, esos gatos, esa temperatura, ese mar me parecen tan pero tan lejos.

2. No estoy escribiendo nada, a veces un poquito de poesía, porque surge sin temática. Pero sobre viajes, nada. Y he ido a lugares hermosos. Y los atardeceres y las nubes, ellos siempre me sorprenden. Pero hay cosas que no puedo decir, como si estuviera sumergida en algo tan profundo, que todo lo que tiene que ver con el mundo ocupa un lugar secundario, y lo mismo en la escritura. Montañas, a mi, por favor. ¿Cómo es posible que no tenga nada para decir de ellas si todo lo que hice durante veinte años de mi vida estuvo relacionada con sus formas? Amnesia. Veinte años vividos con pocos recuerdos (pero intensos presentes, supongo).

3. Busco conceptos, imágenes aledañas que me ayuden en este reconocimiento de las montañas (a veces volcanes). Esto va a ser muy personal: mochilas, amplitud, altura (la altura siempre me gusta, no tener límite visual, supongo que eso es lo que me gusta de las montañas, que el mundo parezca extenso y sin fronteras), nieve, bosques, sur, Patagonia, acampar, lagos fríos, piernas, muertes, perros, estepa (montañas secas, en este caso), lengas, otoño.

4. Cuando era chica (ya lo dije, estoy contradictoria) iba a una escuela de montaña. Hacíamos salidas al campo de tres, cuatro o cinco días. Preparábamos nuestras mochilas pequeñas, mis papás me llevaban en auto hasta el lugar en donde nos juntábamos todos y comenzábamos a caminar. Me divertía. También cantaba.

Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña, como veía que no se caía, fue a buscar otro elefante.

Dos elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña, como veían que no se caían, fueron a buscar otro elefante.

Tres elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña, como veían que no se caían, fueron a buscar otro elefante.

El infinito.

Un día mi hermano estaba tirando piedras al río y las piedras terminaron sangrando en la cabeza de otro niño. Aprendíamos a hacer guiso, comidas con sabor a carbón. Carbón: ese es otro aroma de montaña. Extraño el campo. Extraño la naturaleza, a veces tengo ataques de nostalgia y me pregunto ¿cuándo voy a volver a escaparme de estas locas redes para meterme en lagos fríos sin otra cosa en la cabeza que “el agua hoy está espectacularmente tibiecita”? He pasado meses enteros solo nadando. Ayer junto al mar recordé que hace un año que no nado en agua dulce, agua de deshielo, un año, dos años. Duele.

5. Otra cosa: dormir en carpa. Otto, un amigo mío, se iba a la montaña durante dos o tres meses seguidos. Cuando necesitaba comida volvía caminando al pueblo, comía tarta de frambuesa en la feria artesanal y retornaba en barco con sus adquisisiones. Siempre elegía los mejores lugares para poner la carpa. No había mucha gente todavía en ese lugar. Todavía se escuchaban cómo lloran los coihues. Dormir en carpa: raspar con la mano la tela de la carpa para que salgan chispitas. Escuchar todo. A veces sentir miedo del viento. Otras veces salir corriendo en medio de la noche a buscar el cubretecho. Las hojas las ramas las pisadas al amanecer. Muchas otras veces el amor.

6. Los fogones. Pasé una vida de fogones. Fogones de familia, fogones de cumpleaños, fogones perdidos, fogones multitudinarios, fogones desnudos, fogones con frío. En el sur el aire de verano (siempre fresco), las estrellas en el cielo más oscuro del mundo, el sonido del río cerca, el lago que duerme. Vas rotando: primero el fuego en la cara, luego el fuego en la espalda. Hace frío. Es necesario mantenerse calentito. Las charlas de fogón y otra vez el viaje de la vía láctea hasta que amanece y todos nos vamos a dormir, llenos, siempre llenos.

7. Tengo que escribir sobre montañas pero estoy escribiendo sobre otras cosas. Dormir en carpa no es montaña, tomar matecocido en la madrugada no es montaña, la mochila tampoco es la montaña. ¿Qué es la montaña por ella misma? No la recuerdo. La infancia tampoco es la montaña. ¿Caminar? ¿La flora propia de la altura? Tampoco. Una forma. Supongo: geografía atardecida. Irme a dormir sabiendo que el horizonte siempre tiene la misma forma, que las nubes vienen y se van pero allá está el Cuevas, el Tres Picos, el Currumahuida. Saber que la luna se esconde allá o allá dependiendo la estación.

8. Las montañas tienen olores especiales, un aroma a frutas rojas y pequeñas, a brujas, a sotobosque poblado de animales pequeños, a helechos. Claro, las montañas también pueden ser desiertos, de hecho Sierra Nevada es, por acción del hombre o gracias al viento, no lo sé, una montaña desierta. A mi me gustan las montañas húmedas, oscuras, selváticas.

9. Por ejemplo, Machu Picchu. Allí sí hay montañas, y algunas son tan altas que da vértigo mirar hacia abajo. Sobre las vías del tren (siempre camino, nunca tengo dinero para comprar pasajes decentes) siento que la selva se me está metiendo por las venas y yo me siento enamorada. Montaña, plantas feroces y calor. Qué diferencia. Le digo C, ¿ves esa casita azul perdida? Yo quiero vivir ahí. Tantas flores, todo esto tan verde delante de los ojos, alguien tuvo el gusto propio en crear este mundo tan hermoso y lo hizo pensando en mi, de eso no queda ninguna duda.

10. Pero montañas no son selvas, no son casas, no son caminos, no son naranjas. No puedo escribir sobre montañas, me evaden. Una “elevación natural del terreno“. Quizás. ¿Pero y el espíritu en esa definición? ¿Lo que nos suscita la montaña?

Una elevación natural del terreno sobre la cual puedo desaparecer, take a rest, dejar que la mirada viaje, perder la mente, enamorarme del mundo, saber que todo es perfecto acá y ahora porque yo estoy hecha de la misma materia que esta montaña sobre la cual estoy ahora, qué podría estar mal, ¿no? si ella tan tranquila, qué cosas faltan o qué cosas sobran cuando en primavera florecen el amancay, las flores con aroma a vainilla. Montaña: una forma milenaria, un constraste con el cielo, un espejo en donde se refleja la unidad.

¡Animate a jugar al #VeoVeo! Incluso cuando no te sientas inspirado, escribir anotaciones, leer a otros viajeros, mirar imágenes preciosas de otras partes del mundo es también parte de la inspiración. ¡Te esperamos en nuestro grupo en Facebook!

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