Veo veo: Un libro

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Libros. ¡Libros! ¿Cómo es posible que me haya costado tanto escribir sobre cosas que he leído? Mis primeros libros (o revistas): National Geographic. Crecí pensando que el Kalahari era un desierto colorado al que te tendría que ir una vez en mi vida. Después, apuntes de universidad sobre los antepasados homínidos, las estructuras sociales, el marxismo. Por último, la poesía. Mucha, mucha poesía que fui descubriendo y escribiendo también, cuando vivía en una Córdoba de noviembre calurosa y pegajosa. Mi anteúltimo libro: obras completas de un autor de mar del plata. Nadador. Poeta. Recibí el libro al sur de Turquía, dejé el libro envuelto en una bolsita de plástico con una carta en Picton, para que M lo busque cuando venga de viaje a Nueva Zelanda. Mi último libro: Comer rezar amar, en inglés. Lo leí tan rápidamente que los dos o tres días se extraviaron entre los calendarios. La lectura: la actividad rompe límites – difumina fronteras. La lectura: uno de los viajes más profundos, porque las palabras te llevan tan lejos tan lejos, y sin embargo el contador de kilómetros externo permanece intacto. La lectura: la que viaja, es el alma, lo que está adentro, el espacio vacío que no tiene forma. Y sin embargo no tuve palabras para describir los libros que he leído, porque me acordé de otra cosa: yo quiero escribir un libro. Entonces este Veo Veo me hace abrir los ojos de una forma diferente: yo quiero llevar de viaje a otros, de viaje estático-extático. Comencé tantos libros. Tengo tantos capítulos unos, tantas ideas y tan pocas ideas al mismo tiempo. Carpetas completas con títulos “Este es el verdadero libro”, “Maga, este es el capítulo uno, en serio”. El libro sigue sin parirse todavía. Y yo sin embargo les regalo uno de los posibles principios: un inicio escrito rápido y profundo, una literatura en la cual invento cosas para entender muchas otras, un pedacito de silencio del cual ahora brotan palabras.

“Tengo 500 dólares en mi bolsillo, o, para ser aproximada, en mi cuenta bancaria de Nueva Zelanda. Tengo mi propio espacio: un espacio tan pequeño que lleva un nombre de “as”, de “ies”, y acentos. Me han dicho que mi nombre proviene del francés pero que se pronuncia diferente. Pero también del mapuche o incluso del español. En fin, este nombre que me fue puesto algunas veces significa perlagema, y margarita, flor, también. Pero yo no soy el nombre: el nombre ha sido puesto a un cuerpo y al espacio que ocupa el cuerpo. Pero yo no soy el nombre: yo me escapo del nombre, yo recuerdo el nombre, yo observo el nombre.

Hace un año y ocho meses que ha comenzado este viaje. También antes, todos los viajes comienzan mucho, mucho antes de lo que muestra nuestro billete de avión. Y además soy olvidadiza de las fechas: ¿cuándo, hace siete, ocho, diez meses estaba en Turquía con fiebre andando en motocicleta por las costas azules? Quizás un par de semanas, pero cada ciudad que he conocido ahora forma parte de un pasado tan lejano que a veces, cuando miro hacia atrás pienso: esa mujer no he sido yo. Ha sido otra, yo no pude haber hecho todas esas cosas, no hubo un día en que lloré debajo de los almendros de Kash hablándole severamente a dios (supongo que era a él a quien le hablaba, porque no había destinatario preciso) y diciéndole cosas serias. Dios, mi destinatario sin nombre (él tampoco podría tener nombre específico, nombre situado).

Llevo una mochila de mano: solamente eso. Y allí no caben tantas cosas: música, ordenador, algunos pares de medias (violetas, rosadas, oscuras), bikini (negro y a lunares), dos pares de jeans, un jogging, dos calzas, un buzo, una campera, un gorro. Y además un par de guantes rojos y sólo un par de zapatillas. Nada más. No hay nada mío que no esté adentro de esa pequeña mochila roja que compré en un mercado camboyano por sólo 15 dólares, y aunque parece una mochila verdadera, no lo es. Aunque ése es un secreto que sólo yo conozco.

Hace dos días mi cuerpo cumplió años y lo festejamos con pastel de vainilla, duraznos y crema. Cocinamos tortellini (aunque para mi siempre serán tortellinis, con “s” al final, porque es un término en plural) y C aprendió a decir esta palabra, aunque le he dicho que no es española, que seguramente es italiana, pero ella la ha anotado como su tesoro de un día: tortellini debajo del jazmín con M y la sin nombre, o sea, yo.

Y luego, un día después, un chico me miró entera y me preguntó: ¿cuántos años tenés? Yo tenía los pies enterrados en el pasto cortado hace unas horas y mientras enroscaba un poco de jardín le he dicho: 28, pero yo no tengo años. ¿28? Pues pareces diez años menor. Y todavía no sé si es eso una buena o una mala señal, porque mi cuerpo puede parecer insulso de pequeño o, por lo contrario, fresco. Me ha tocado elegir entre esas dos opciones.

Hace más de un mes que viajo sola por este país de nombres aventurados y sonoros. Nueva Zelanda. ¿Qué hago aquí? Todavía no lo sé, aunque de a poco comienzo a comprenderlo porque cada una de las instancias e instantes de la historia que he visto suceder en mi encuentran su explicación exactamente en este pequeño pueblo de verano y puertos en una de las islas que está más al sur. Tienen explicación acá, aunque no sé si es acertada esta palabra. Más bien diría: forman un todo con las partes que he recogido de la historia. Forman La Totalidad.

He visitado algunos países aunque siempre supe que este viaje sería diferente. Al principio sentía la emoción de cruzar los continentes, de habitar esos nombres tan pesados llamados Asia, Europa, Oceanía. Pero una vez que comencé a viajar, los nombres se desmembraron, y eso no se si fue a propósito o sucedió simplemente. Supongo que está bien que así sea, y no de otra forma. Y también el mundo se volvió un lugar pequeño, algunas veces claustrofóbico porque todas las estatuas en el fondo tienen piedra y duros materiales y por supuesto la primavera trae flores y esas cosas. A veces el mundo se vuelve tan pequeño que me aprieta pero luego encuentro El Otro Lugar.

Yo no soñaba con alas al dormir, yo soñaba que alguien colocaba mi cabeza en un tronco de árbol y de repente me cortaban la cabeza. Siempre, y además sentía el golpe tan fresco en la nunca, y nunca el calor de la sangre porque a ese punto corría al baño a mirarme al espejo. Y todo lo que le decía a la mamá es que estaba en una pesadilla en la que no bastaba abrir los ojos para despertar, porque ya tenía los ojos abiertos. En esas noches en que sin dormir veía que las noches eran espesas y abultadas, nevadas, invernales. Nunca tuve pesadillas en noches de verano, como si los grillos hubieran cantado sólo para mantener los ojos, los verdaderos, abiertos.

Así que llevaba a la muerte conmigo desde los nueve años. O quizás desde antes, porque viajamos por el frío y húmedo sur de Chile y el Pacífico revolvía la sangre, hasta el más grande de todos, N, lloraba al mirar los remolinos que se hacían entre las piedras y le pedía a su padre que se fuera de ahí porque el mar estaba a punto de tragárselo. Pero finalmente fue a mi quien se tragó el mar, o más bien, al cuerpo con nombre que para ese entonces tenía 4 o 5 años, y usaba polainas de lana de colores y abrigos de invierno también. ¿Vi o no vi venir las olas? Porque las olas estuvieron siempre allí, y yo no atraje nada, yo no pedí por las alturas del agua. Pero ella vino, me rozó, me atrapó y fue alguien también sin nombre el que me agarró de las manos sacándome de la mitad de la oscuridad. Luego la mamá y el papá llorando, quizás, no lo recuerdo tanto, pero sí recuerdo que usé varios pares de medias durante muchos días, aunque no tuve miedo, ni cerré los ojos cuando el agua en altura vino a llevarme.

Entonces la muerte venía conmigo: y hasta ese momento no me daba miedo, hasta el Pacífico digo, porque era externa, tenía forma de agua congelada o de durazno explotado pero nunca tenía mi cara. Hasta la noche en que alguien cortó mi cabeza en un tronco de ciprés seco y yo desperté, corrí al baño y lloré mirando mi cara sin reconocer quién o qué era eso reflejándose en el espejo. Monstruo, me animaría a decir, aunque es una palabra violenta. La mamá quiere abrazarme pero yo necesito correr, le pido al hermano que venga conmigo abajo de la nieve pero nadie quiere, todos duermen.

Y desde allí, los monstruos en los espejos se permitieron una visita a mi casa al menos una vez al año. Venían en manada, abrían la puerta sin preguntar, elegían el invierno. Creo que comencé a viajar por el poder que los monstruos tenían sobre mi, porque creí que yéndome lejos podían perderse los rastros, e incluso si seguían la línea del aroma de mi cuerpo, entonces quizás se extraviaban, ya que había decidido atravesar un mar ancho para que las noches de invierno ya no fueran tan dolorosamente azules.

Mi cuerpo tiene un nombre como obsequio: yo no recuerdo mi nombre todo el tiempo, así como no recuerdo lo que sostiene al nombre. Es esa la percepción que busco. Es esa la percepción que a veces encuentro, así sin más, cuando miro el techo largas horas o incluso preparo un té cuidadoso o espantado.

Sí, viajé para espantar los monstruos.

Y hoy estoy en Nueva zelanda, con 500 dólares en el bolsillo pero sin monstruos, o al menos sin tantos monstruos, diría”.

* Para ver la fotografía original haz clic aquí

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