Veo veo: un viaje en tren

0

Los trenes, los trenes absolutos, los trenes partidos, los trenes verdaderos, los trenes que busqué, los trenes encontrados, los de papel, los trenes de agua, los trenes que fueron a Olavarría en un invierno, mientras Inma la española me decía:

– Qué grande, qué grande que es La Pampa.

Y lo dijo y supe que había descubierto por primera vez el horizonte. Fue un invierno de heladas por la mañana, durmiendo todos juntos en el piso de una casa vieja, tocando la guitarra, preparando mates, tartas, pizzas, trozos de polenta que se preparan con vapor de queso fresco, el jardín, la fiesta de despedida. Y los besos con S de los cuales nadie se enteró. Y el tren de vuelta.

Y los trenes fríos, y los trenes sobre barro, los que dan vueltas a la tierra, los que matan, los que frenan, los que se llenan de globos, los trenes absolutos, los absolutos. Los carriles, los sonidos, la ventanilla.

– No hay nada en los trenes que me pertenezca, lo que me pertenece sin embargo, es el propio movimiento de los trenes.

***

Escribo sobre viajes que nunca hice, sobre los mapas que fui rompiendo en pedacitos, sobre todas las fotos familiares que quemé antes de viajar.

– ¿Por qué? No lo sé, sólo en ese montón de cenizas fui capaz de decir te amo, y lo dije sin pronunciar ningún nombre.

Escribo sobre trenes que no tomaré jamás, sobre las gotas rompiendo contra la ventanilla, contra la ausencia de mi misma muchas veces, o al menos la percepción de la ausencia.

– Antes los trenes me hacían falta, supongo que al viajar en tren recordaba las mismas cosas que he recordado al mirar las ondas en el agua: lo que está detrás de la forma, lo que está detrás del personaje que juega al teatro del mundo, lo que está detrás de quien se hace llamar viajera, lo sin forma.

– El otro día te dije que el personaje de viajera era peligroso ¿te acordás? Pero no te expliqué por qué, supongo que sos vos quien tenés que encontrar el sentido de mis palabras.

Los trenes van y los trenes vuelven, miles de pasajeros en tránsito, de un lugar a otro, qué buscan, por qué viajan, “no pienses que voy a perderme”, dice la canción. Café caliente café, se escuchaba en el tren desde Córdoba a Rosario, café caliente café y los brazos de mi madre, café caliente café, el cuerpo sensible disminuye su propia velocidad para guardar una memoria: los vapores, el amanecer detrás de la ventana, el cuello incómodo, la comida familiar, los autos azules.

– Todos los personajes son peligrosos
– Pero pueden ser llevados de la mano, pueden ser conducidos a ese lugar en el cual desaparecen.
– Ellos ya no viajarán en trenes.
– Se llenarán de silencio.
– ¿Qué hay en el silencio?
– Nada.

***

Los trenes de color naranja, todas las veces que llegamos tarde y nos devolvieron los pasajes, las capitales las ciudades los indicios.

– ¿Qué sentís de este viaje? Me pregunta mi mamá.
– Pocas veces viajé en tren, no recuerdo muchas cosas, la memoria de las cosas que quedaban guardadas se vuelve una memoria sutil, quizás recuerde el sonido de los árboles de Iboih o el aroma de los arrozales, pero no mucho más, y ni siquiera es importante.

Los trenes de silencio, los trenes y mientras estamos junto a un camino romano de piedras que hablan me agarrás de la mano y me decís ya todo sucedió, y yo siento que viajo ahora en un tren de alta velocidad, cada vez más rápido, cada vez más rápido, todas tus palabras ingresan directo al núcleo, sin parámetros, sin sonidos, te veo mover la boca y sé que jamás recordaré las cosas exactas que me dijiste, porque de eso no se trata, se trataba de terminar de romper la estructura en la cual estaba contenida.

– ¡Pero parecía tan real! ¡Podría haber jurado que todo eso era real!

-¿ Te acordás como siempre decías que ibas a viajar, y que ibas a viajar mucho?

– Una vez, en Córdoba, estaba mirando la ciudad desde arriba y la tierra se movía contraria al sol, así que los techos se ondulaban con colores dentro de mi boca, y entonces lo supe: yo tenía que irme para encontrar algo, yo tenía que abandonarlo todo para encontrar lo que siempre estuvo ahí. No podía quedar ninguna memoria viva, tenía que hacer un fuego con las cosas irreales.

– Al dormirme tengo una sensación, y te la voy a contar con estas palabras. “Todo lo que creíste que eras, no sos”. ¿Sería extraño pensar que todo fue parte de un sueño? “Vos jamás estuviste triste, ni te sentiste sola, todo eso fue un sueño, vos soñaste la tristeza, la soledad, la desesperación y la separación”. Cierro los ojos y escucho todos los sonidos, como un río continuo, lleno y suave, una marea de calor, una sensación de acá estoy, y la claridad de que no tendría motivos el universo para existir, simplemente la dulzura propia de estar vivo.

– No hay nada que cuide de mi. Todo cuida de mi. Lo mejor que me podía pasar era que el tren descarrilara, que todo se saliera de su rumbo, que ya no existiera la ilusión de tomar decisiones, marcar rutas, abrir caminos. Hace mucho le escribí a M que estaba cansada de decidir, que sentía que estaba comprando billetes cada dos segundos: un billete en tren para escribir tres líneas, uno para ponerme las zapatillas, otro para atarme los cordones, otro para beber agua…

Que todos los trenes se descarrilen para mi
Que ya no exista la seguridad del mañana
Que todo lo que tuvo que hacer “la viajera” haya sido terminado
Que las actuaciones que llevé a cabo pensando que otros me miraban se conviertan en agua de nube
Que los billetes que compré se me pierdan, que se disuelvan bajo la lluvia
Que se pierda todo, que ya no haya punto de referencia
Porque sólo en ese lugar, la frescura de la vida puede volver a llenar mi valija,
Y paradójicamente, ya no tendré cosas que llevar en ella.

*

¿Qué es veo veo? Es un juego para dejar salir palabras, encontrar un mundo y encontrar tu mirada particular en ese mundo. Si querés saber más, podés hacer clic acá, o sumarte a nuestro grupo en Facebook donde cada mes elegimos la temática sobre la cual escribir.

¡Lee mi libro de viajes!