Veo veo: ¡una sonrisa contagiosa!

0

(¡jajajajaja!)

El veo veo me está recordando muchísimo a mi infancia. Y es que de alguna manera esto debe ser así: proponemos un juego para jugar como cuando éramos niños.

– Veo veo

– Qué ves

– Una cosa

– Maravillosa

– De qué color

– Mmm

– ¡Dale!

– Azul

Así pasábamos las horas con mi hermano cuando viajábamos largos kilómetros uniendo provincias enteras. Y a veces también hacíamos otros juegos: competir por quién tenía el gajo de mandarina más pequeño (cuando estábamos en Jujuy), o ver quién podía destaparse los oídos primero (cuando subíamos y bajábamos tanto que escuchar podía ser un sentido perdido por varias horas de viaje). Después, de más grande, a mi me salieron unas ronchitas en la piel y mi hermano me decía que había hecho “contacto alien”. Y yo me enojaba, y él se reía, se reía infinitamente de que yo pusiera cara de ya sabemos qué sólo por la frase tonta que él repetía y repetía. Y cuando las cosas se ponían oscuras en el asiento de atrás, entonces los padres que iban firme al volante y a los mapas, dirigían una mirada tétrica que lo calmaba todo. A veces, a veces funcionaba.

Quizás jugar al veo veo me recuerda a mi infancia, y está bien que así sea.

– Veo veo

– Qué ves

– Una cosa

– Qué cosa

– Maravillosa

Eran cosas maravillosas de colores escondidos en la guantera, en el techo del Torino azul, en las ropas ajenas, e incluso, para hacer trampa, a veces elegíamos algo de color que veíamos por la ventana. Entonces uno de los dos estaba horas diciendo cosas del color maravilloso mientras el otro reía. Siempre reíamos. Siempre reíamos.

Ceci y Maga siempre haciendo tonterías

Cuando volvíamos de dos o tres meses de viajes seguidos, las risas seguían en la vida cotidiana. Tenía una amiga, Lu, que aún sigue teniendo una risa de ésas que contagian. Entonces estábamos todas mis amigas sentadas, quietitas, pero al segundo, sin saber por qué, terminábamos todas desparramadas, llorando, llorando de risa. Y otras veces jugábamos a reír. Era muy fácil, porque se podía hacer en cualquier lugar y tenía siempre resultados seguros. “jajajojojojarajajajaja” decíamos, despacito, al principio, pero luego comenzábamos a inventar más y más risas entonces nos tirábamos por el tobogán de madera y estábamos riendo, siempre riendo.

Reír: Manifestar regocijo mediante determinados movimientos del rostro, acompañados frecuentemente por sacudidas del cuerpo y emisión de peculiares sonidos inarticulados.

De más grande seguí riéndome. Yo vivía en un barrio con calles de tierra y algunos de mis amigos vivían cerca, cruzando la calle, entre coihues. Fuimos con Cele, una amiga que había venido a visitarme, a ver a Vale, del otro lado del bosquecito. Era de noche. Vale dormitaba y estaba sola en la casa, así que estuvimos un ratito con ella y luego decidimos volver a casa. Pero en la cocina de la casa de Vale encontramos algo: un plato de tortafritas enormes, perfectas y sabrositas que la mamá de Vale le había dejado preparadas. Y nosotras, así, de locas no más (mentira, fueron las tortafritas y su embrujo), nos robamos 4 tortafritas. No sé qué fue más cómico: si salir con las tortafritas metidas entre la ropa (¿pero quién se enteraría de nuestro gran pecado?) o el hecho de hacer algo en contra de la ley, pero el hecho es que salir de la casa de Vale tuvimos que frenar unas cuatro veces en el camino porque realmente no podíamos más, no podíamos más de las carcajadas, de lo ridículas, de lo tontas que parecíamos robando tortafritas a las 3 de la madrugada.

Y después seguí riéndome, porque en Córdoba vivía con Ceci y Ceci, cómo decirlo, es “moquera”, tanto como yo. Así que no faltaban las resbaladas en la calle, los tropezones, las equivocaciones. Eran las 7 de la tarde y yo vestía botas con taco, como nunca. Caminaba rápidamente por la peatonal atestada de gente porque llegaba tarde al trabajo. De repente, veo un hombre, me mira, lo miro, nos miramos. Mirada fatal: terminé descompaginada en el piso, todos mirándome (el hombre perfecto también, por supuesto) y yo sin saber si reír o llorar al mismo tiempo. Sólo recuerdo que me levanté de un salto y desaparecí de la faz de la tierra, sin olvidar llamar a Ceci para tener una excusa para reírme con alguien. Es que no podía, no podía estar caminando y echando carcajadas a la ligera, como si nada importara.

Reír: movimientos del rostro, sacudidas del cuerpo, peculiares sonidos inarticulados.

Pero ella era de las mías, así que siempre teníamos nuestras buenas dosis de bloopers cotidianos, desde “entró un murciélago en el departamento y salí gritando”, hasta “Maga están cayendo piedras y agua por el calefón”, hasta esa vez que me caí en la bañadera y se enteró todo el barrio del golpe que me di. Pero como ese golpe incluye a otra persona (:P) dejamos la historia para otro momento (jajajajaja).

Mis bloopers son terribles. Deberían estar filmándome todo el tiempo y tendrían material de sobra para horas y horas de televisión en vivo. Cuando recién conocí a Rami íbamos los dos enamoradísimos por una calle de Córdoba (atestada de gente, otra vez, es que soy tan papelonera). Íbamos de la mano, violines de fondo y de repente, un cordón se interpuso horriblemente ante mi pie y terminé enroscada a Rami, pero en el piso, y llorando (yo siempre digo que en estas situaciones es mejor llorar porque de esta forma todos piensan que te pasó algo grave y dejan de reírse de uno), con cara de “tranquilos, esto siempre me sucede, ya estoy acostumbrada”. Lloré tanto que hasta vino un albañil a preguntarme si estaba bien. Sí, estaba bien, descontracturada de tanto llanto-risa en un solo segundo.

Reír: Manifestar frecuentemente sacudidas del cuerpo, acompañados peculiares sonidos inarticulados y una emisión de regocijo mediante determinados movimientos del rostro.

Es que los bloopers tienen eso: jaquean el cerebro. Uno viene plácidamente pensando en algo, o charlando cosas románticas con el amor de la vida y de repente uno ya no está más hablando de cosas románticas con el amor de la vida y está tirado patéticamente con una rodilla sangrando, o un chichón en la cabeza, o una carcajada profunda.

Y sin embargo cada vez me río menos. Ahora lo recuerdo, ahora recuerdo mis cosquillas de pequeña, las sonrisas de mis amigas de la primaria, las tonterías que hacíamos con mis amigas de la secundaria, y todas las veces que me reí y perdí el control de mi misma, arremetida por espasmos y por ondas llenas de bonita energía. Porque reír es eso: es perder el control. Y cuando vamos creciendo no queremos perder el control, no queremos mostrar nuestra cara sin límite y sonrisa amplia, nos vamos volviendo chiquitos, medidos. Porque ahora que me acuerdo yo me reía mucho, muchísimo. Podía pasar horas riendo sin sentido, y sin embargo, disfrutando mi cuerpo con algo tan simple, que viene desde el centro de nosotros.

Entonces me tengo que reír más. Sonreír más. Cambiar la cara seria por una cara con sonrisa. Sonreír por las cosas que nos pasan cada día. Sonreír cuando no haya que reír. Como una liberación, como una revolución, como una rebeldía.

 Reír: Liberación del cuerpo mediante sacudidas, Revolución de sonidos inarticulados, Rebeldía de los movimientos del rostro.

[hr]

*¿Qué es Veo Veo? Es, ante todo, un juego, una excusa para conocer lugares de la mano de otros viajeros, contarnos historias, viajar aunque no tengamos la oportunidad de hacerlo, encontrarnos. Se realiza una vez al mes y las temáticas se eligen en el grupo Veo veo en Facebook, y por medio del hashtag #VeoVeo en Twitter y otras redes sociales. ¿Querés jugar? ¡Veo veo! ¿Qué ves?

* ¡No te pierdas todos los veo veo de este mes que fueron exquisitos! Me fui a la goma, Caminando por el globo, Martín Andrada,  Huellas en mi, Mi vida en una mochila, Los viajes de nena, Notas desde algún lugar, La otra ciudad, Por las rutas del mundo, Titin around the world, Hey hey world, Un mundo pequeño, Natillas dulces, Aldana Chiodi, Cruzar la puerta, Lillake, Mochilas en viaje, La de ojos abiertos, Los viajes de Danila Sky, La mochila de mamá, Viajando con un casio azul         

¡Lee mi libro de viajes!