Veo veo: una taza de té

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A mi, a veces, me gustan las listas. Todavía no sé bien por qué, porque antes dije que las detestaba. Pero así soy, vivo en una montaña rusa, digo cosas y después cambio tan rápidamente que esas cosas, aún con horas de haber sido dichas, mueren. Entonces ahora me gustan las listas. Y tengo una taza de té negro entre las manos, y una pared naranja detrás con papelitos pegados con títulos como “Abel Tasman, skydive“, “local walks around picton“, o un mapa enorme con pequeñas caminatas numeradas, algunas a la playa, otras al mar, otras a la panadería deliciosa. Entonces esta es mi lista de todas las cosas que tengo entre las manos, además de mi taza colorada y calentita.

1. Hace un mes que no escribo en el blog. Exactamente un mes. ¿Cómo es posible? ¿Qué pasó todo este mes? Este mes dejé casas. Este mes volví a viajar en bus y me enamoré de un pueblito bajo el sol en el cual llegué hacia el mediodía. Después seguí viajando en bus, escuchando música y durmiendo siestas. Hace un mes que no escribo en el blog: ¿no tuve tiempo? ¿o me pasaron tantas cosas que no sé cómo ponerlas en palabras? Eso, creo que fue eso. Despedidas, encuentros, más despedidas, más cambio, más movimientos, nuevamente encuentros. 30 días intensos, sin duda.

2. Porque me fui de Whangaparaoa a las 6 de la mañana y me tomé un ferry hacia Auckland. Entonces me senté afuera y vi el amanecer, y le pedía por favor al sol que saliera un poquito más porque con mis ansias de ver el gran océano, estaba sufriendo congelamientos severos. Pero lo logramos, el sol y yo, y entonces llegué a Auckland de mañanita, cuando todos están apenas despiertos, y pasé dos horas mirando gente ir y venir. Sólo eso.

3. Después, las horas de bus. 13 horas en bus, que para mi son 13 horas de placer total. Y si pudiera me hubiera quedado arriba del bus con sol en las piernas y en la cara durante días seguidos. Así, esa somnolencia, esa no urgencia de tener que resolver nada, es reconfortante. Y luego comer semillitas, y después la historia de Lilion, el francés que se sentó al lado mío, nos reímos por el nombre Tongariro (porque para mi es una palabra italiana, no hay dudas al respecto) y luego él se baja del bus y deja un regadero de moneditas caídas. Que para mi son buenas señales, siempre.

4. Y luego, sin palabras. Porque acá vendría un agradecimiento de una hora y media, y todavía más. Cuando dejé Whangaparaoa lo hice sin ninguna casita. Era la primera vez en mucho tiempo que volvía a viajar, a estar en la nada, sin nada seguro. Y en esa nada de nada, Manu y Ser me ofrecieron un lugar en la casita que estaban cuidando ellos. Así que llegué a Wellington, sin conocer a esta parejita más que por las palabras de Manu en Facebook contándome cosas de su vida, y mis respuestas y todas esas cosas que yo le escribí de mi vida. Llegué y la ciudad me pareció hermosa, y al mismo tiempo, hermosamente fría. Y las gracias, por todo lo que vivimos juntos sin ser amigos: por los buñuelitos, las películas, las charlas, los desayunos compartidos, la búsqueda, las charlas, las búsquedas, las charlas, y la lluvia (y las búsquedas). Si hubiera tenido casa, pienso, no los hubiera conocido.

5. La lluvia, pero en compañía de los perros, la lluvia tuvo sabor a invierno entre amigos. 10 días seguidos buscando “qué hacer“. Cuando uno viaja sin mucho dinero, sin planes y sin casa a dónde volver, hay momentos de vacío extremo: ¿qué hago? Días tras días de correos, mensajitos, ideas, sensaciones, rompiendo un mapa, tomando té, construyendo otra línea, queriendo irme a Portugal, y luego a Bolivia, soñando con una casa en Katmandú, luego India, no sé por qué, hasta que dije basta, stop. Estás acá.

6. Estás acá y a veces las cosas no salen como quisiéramos. Pero: ¿qué queremos? ¿Por qué ahora que estoy de viaje, deseo cosas de no-viaje? ¿Por qué a veces me molesta compartir el baño, la habitación, las caminatas, con gente que no conozco? Tengo que admitirlo, después de un año y medio (o más) de andar como el viento, me siento cansada. Pero también pongo mucho en duda este cansancio. ¿Es cansancio real, o qué es? ¿Estoy cansada, por qué? ¿Y cuando tenga eso que quiero, no estaré cansada de tener eso, y querré más y más cosas, y así sin final? Entonces digo de nuevo, basta, stop, estás acá, y eso también gracias a una taza de té, una cucharadita de azúcar y mucho espacio interior para dejar que las cosas sucedan. 

7. Y entonces ahí es cuando mi taza de té toma sentido. Intento trabajar pero Sunny, una mujercita de China que habla sin parar, me llama para mostrarme cosas interesantes. ¿Y por qué no? ¿Por qué no dejarme llevar por esas cosas? A veces lo ideal pierde terreno frente a lo real, pero si me aferro a lo ideal, me pierdo. Y tampoco tiene sentido aferrarse a lo real, porque lo real, pasa. Y así como estoy tomando una taza de té en medio de un pueblito de Nueva Zelanda, entonces en un cerrar de ojos tampoco estaré aquí. O si me quedo, no seré la misma.

10. Me di cuenta de algo. Cuando escribo (estando de viaje) y escribo mucho, me olvido de que estoy viajando. Me meto tanto en mi teclado que todo lo otro toma carácter de letra expuesta. Y, por el contrario, cuando viajo mucho y me muevo aún más, entonces no tengo palabras. Porque lo siento todo tan fresco, que no encuentro palabras para decir nada, y comienzo a pensar cuál será el destino de mi blog sino tengo nada, NADA para decir. Después aprendo a escribir en medio de esas nadas, y como yo soy mi principal lectora, entonces no importa si alguien lee mis nadas-escritos, o lo hacen muchos, o vienen los grillos de verano y me indican que nada, nada es tan importante: ni los lectores, ni las visitas, ni las decisiones, ni las nadas, ni los hostels extraños de Nueva Zelanda.

11. Norte de Papel. 12 personitas que comenzamos a escribirnos, a recorrer ciudades personales con campanitas, pinitos de navidad, apertura de ojos, adoquines sin sentencia todavía, ciudades sin palabras que se vuelven personales rápidamente, como detectives allí vamos y nuestra hoja en blanco es una nueva ruta. No sólo 12 personitas: este viaje ya no es en soledad porque me acompaña Marina: ¡Ah!¡Marina! Cuántos mundos escribimos entre las dos estos meses, para el tallercito pero también para nosotras. Es tan mágico encontrar a alguien que ama la poesía y te la regala con sabor a helado casi a punto de derretirse. Y es tan lindo también poder escribir sin límites sabiendo que es ella, no cualquier lector, la que está leyendo. Hemos compartido ciudades sin darnos cuentas, configuramos palabras nuevas, descubrimos aromitas y cosas personales dando vueltas en la ciudad. Así que este taller comenzó a escribirse mucho antes, cuando en el mundo virtual encontré el blog de una chica española que me llevó de viaje de verano.

12. Y por último, inglés. Vivir en inglés. Hablar en inglés. Escuchar inglés. Que mi cabeza sea un revuelo de palabras que a veces no puedo decir. Despertar de una siesta y que alguien me esté mirando, y no saber cuál es la expresión para situaciones como ésas. O estar hablando con Ero y decirle tonterías en español y después darme cuenta de su cara extrañada frente a mi vocabulario tan equívoco en este nuevo idioma. Pero es divertido. No hay nadie en este lugar que hable español (salvo mi ordenador) así que a partir de ahora entro en un nuevo mundo.

Con tazas de té entre las manos / suceden cosas / como caminos perdidos, recuerdos, enchufes diferentes, neuronas, silencios / con tazás de té entre las manos / hacemos listitas / como una ruta que se arma sola / en medio del vapor.

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